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Con el lado soleado ‘hacia arriba’

Unos 16 meses después del estallido del COVID-19 en marzo de 2020, Burkhard Varnholt hace un balance positivo de los mercados financieros. La mayoría de las bolsas de valores se han convertido en zonas anticiclónicas que han aportado muchos rayos de sol a los inversores en renta variable. Y hay muchos factores que apuntan a que las perspectivas del mercado financiero seguirán siendo brillantes.

6 de agosto de 2021

Perspectivas económicas con Burkhard Varnholt

Chief Investment Officer de Credit Suisse (Switzerland) Ltd. Vicepresidente del Comité Global de Inversiones

Podríamos discutir sobre sobre cuál es el mejor tiempo meteorológico hasta que las ranas críen pelo. Algunos prefieren que haga más frío, otros que haga más calor. A algunos les gusta protegerse del viento, mientras que a otros les encanta navegar y quieren buenas condiciones de viento. El consenso, sin embargo, se inclina por un tiempo soleado sin demasiado viento: sin olas de frío, sin tormentas y, desde luego, sin daños por tormentas.

La evolución de los mercados bursátiles desde el bajón por el COVID-19 del 23 de marzo de 2020 se acerca mucho al escenario ideal favorecido por la mayoría. Los temores de un periodo persistente de mal tiempo resultaron ser infundados, visto en retrospectiva, claro. Y en cuanto a las perspectivas de futuro, las condiciones meteorológicas reinantes dan muchos motivos para el optimismo.

Veamos con más detalle algunos factores que determinan actualmente el clima de la economía y, en especial, de los mercados financieros.

La inflación es más una apariencia que una pesadilla

Empecemos por la inflación, que desde hace meses se ha presentado reiteradamente como un fantasma agorero, pero que finalmente ha resultado ser más una aparición que una pesadilla. La amenaza del aumento de la inflación es muy baja, entre otras cosas porque la economía sigue siendo extremadamente competitiva. Aparte de los cuellos de botella cíclicos que afectan, por ejemplo, a los contenedores marítimos, los semiconductores o el crudo, las empresas no tienen motivos para subir sus precios. De hecho, desde el estallido de la pandemia la mayoría de las empresas han podido reforzar tanto sus márgenes que han podido asumir fácilmente el aumento de los precios de los productos básicos, el transporte y los servicios logísticos o el aumento de los salarios de los especialistas.

Además, la presión competitiva impide a muchos proveedores subir los precios. Aunque empresas de muebles como Ikea se enfrentan actualmente a unos costes de transporte y logística considerablemente más elevados, todavía no lo han trasladado a sus clientes.

La situación es muy diferente cuando se trata de activos como los títulos valores, bienes inmuebles u obras de arte. En este caso, los precios han subido mucho, debido principalmente a los bajos tipos de interés reales y a la escasez de inversiones. En el caso de los bienes inmuebles, la crisis del COVID-19 ha puesto la demanda por las nubes. El espacio adicional requerido para las oficinas en casa, la necesidad de modernas infraestructuras de TI y de construcciones, el deseo de casas vacacionales personales como vía de escape del COVID-19 y una alternativa a los viajes, todos estos factores combinados han apuntalado el mercado inmobiliario y han hecho que se disparen los precios de las residencias locales. Dicho esto, ello representa una inflación de los precios de los activos y no debería considerarse una inflación en sentido estricto, dado que no tiene un efecto adverso en el poder adquisitivo del dinero. Que un Monet o un Picasso coticen un 30% o un 40% por encima de su precio de venta en los mercados de arte tiene poca relevancia para el índice de precios al consumo.

 

La visión más amplia

Entre los principales atributos que caracterizan a todo inversor de éxito está la capacidad de captar todos los factores determinantes y de combinarlos como en un puzle para ver el cuadro completo. Ese cuadro nos muestra todo el espectro de inversiones y crea la transparencia necesaria para hacer más fáciles las decisiones de inversión.

Desglobalización cancelada

A medida que la pandemia del COVID-19 ponía patas arriba las sociedades de todo el mundo, hubo cada vez más personas que comenzaron a predecir el fin de la globalización (o esperaban que así fuera). Algunos de los argumentos esgrimidos parecían totalmente plausibles. Una de las ecuaciones más citadas decía que a cadena de suministro más corta, mayor seguridad de suministro. Pero claro, del dicho al hecho hay mucho trecho. En realidad, los números nos cuentan una historia completamente diferente. Nunca antes se habían transportado tantas mercancías por todo el mundo.

Las empresas mantuvieron un firme control de sus cadenas de suministro globales e incluso tuvieron que hacer frente a los retrasos tras la crisis del COVID-19. Una encuesta personal y no representativa realizada entre una docena de empresas suizas reveló, por ejemplo, que los proveedores chinos sólo fueron sustituidos en casos aislados. La división global del trabajo sigue siendo una de las medidas más eficaces para combatir la pobreza en los países en desarrollo y emergentes, escribía recientemente un columnista en el periódico suizo NZZ1.

Los particulares también desempeñaron su papel en esta globalización, ya que utilizaron el dinero que normalmente habrían gastado en viajar y comer fuera en la compra de más bienes físicos, dando un mayor impulso al comercio mundial.

La globalización como oportunidad para el cambio climático

Un estribillo común es que la globalización es incompatible con la sostenibilidad y el cumplimiento de los criterios ESG (medioambiente, social y buen gobierno). Sin embargo, hasta la fecha no hay pruebas convincentes de que un mundo localizado sea más sostenible que uno globalizado, algo que aún no está claro y donde el impacto de la globalización en el cambio climático sigue siendo objeto de debate.

Por otra parte, existe un amplio consenso sobre la necesidad de adoptar medidas globales para frenar el cambio climático. La reafirmación del Acuerdo de París por parte de EE.UU. ha dado un impulso adicional al llamamiento a la acción.

La forma más sencilla y rápida de conjugar la globalización y el cambio climático es reforzar la fijación de precios del CO2. Europa, que cuenta con el mayor mercado de certificados de CO2 del mundo, es la punta de lanza en este ámbito. Sin embargo, todavía estamos en el inicio de este proceso, porque hasta la fecha sólo los productores de electricidad han estado sujetos a los precios del CO2. El siguiente paso, si la aprobación internacional lo permite, es ampliar los precios del CO2 al transporte de mercancías por mar, aire o carretera. Los sectores de la construcción y la agricultura serán probablemente los siguientes en hacerlo.

El poder de los mercados financieros

La medida en que la industria se replantea y reimagina a sí misma puede observarse en el sector energético. Las principales empresas del sector han utilizado los beneficios obtenidos del negocio del crudo para diversificar su exploración de las energías renovables. El hecho de que este alejamiento de los combustibles fósiles haya sido impulsado por la presión de los inversores no lo hace menos significativo. Si el planeta pudiera elegir a su santo patrón, los mercados financieros estarían en la lista, ya que influyen en los costes de capital de las empresas y, por tanto, contribuyen a fijar el rumbo estratégico del futuro. De hecho, el sector energético ha escuchado a los mercados financieros y se ha protegido para no perder más importancia en las bolsas de valores de la que ya ha sufrido. Recordemos que hace 15 años el sector energético todavía constituía alrededor de un tercio de las empresas del S&P 500; el año pasado, su cuota se había reducido a sólo un 5%.

Otro ejemplo: cada Opel que sale de la fábrica es valorado por los mercados financieros en 9000 francos suizos de media. En el caso de un Tesla, la valoración media es de 1 millón de francos suizos. Una diferencia tan llamativa en el valor de mercado debe hacer saltar las alarmas en las salas de los consejos de Detroit, Wolfsburgo, Múnich y Stuttgart. A fin de cuentas, todos los fabricantes de automóviles deberían aspirar a una valoración de las proporciones de Tesla. También aquí, el poder de los mercados financieros dejará huellas indelebles en los boletines de calificaciones de los actores establecidos.

Economía en alza

La economía global, aunque no es inmune a los contratiempos políticos o relacionados con las pandemias, vuelve a exhibir impresionantes tasas de crecimiento. En abril de 2021, el Fondo Monetario Internacional (FMI) pronosticó un crecimiento mundial del 6,0%. Los principales motores son la inconmensurable liquidez y el ahorro privado, así como los miles de millones que los gobiernos estatales han destinado a infraestructuras y a otros programas de ayuda. El éxito de las campañas de vacunación también está impulsando el crecimiento.

A la cabeza del crecimiento regional están los países asiáticos emergentes y en desarrollo como China, India, Malasia y Filipinas. El Banco Mundial ha previsto que su crecimiento será del 8,6%, un impulso con el que la zona euro sólo puede soñar (+4,4%).

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Último punto de datos: 1 de abril de 2021
Estas previsiones no son un indicador fiable de los resultados futuros.
Fuente: Fondo Monetario Internacional (FMI)

Las infraestructuras como motor del crecimiento

La escasez de trabajadores cualificados, el aumento de los precios de los materiales de construcción, los largos plazos de entrega debido a los cuellos de botella en el suministro de semiconductores, todos estos y otros desarrollos similares también los sufre actualmente la gente normal.

Sin embargo, a nivel macroeconómico, las fuertes dinámicas de crecimiento se deben al aumento del número de proyectos de infraestructuras en curso en muchas regiones del mundo. El Plan Europeo de Recuperación de la Comisión Europea y el Plan Build Back Better (BBB) del gobierno de Biden prometen una «reconstrucción» fundamental. Ambos planes pretenden aprovechar la colaboración entre organizaciones públicas y privadas en el ámbito de las asociaciones público-privadas (APP).

Al Plan de Rescate Americano por valor de 1,9 billones de dólares y que supuso que el 75% de los hogares estadounidenses recibieran pagos de estímulo de 1400 dólares por persona elegible le seguirá en octubre de 2021 el Plan Build Back Better. Este plan de 2,3 billones de dólares y que también incluye el Green New Deal sería el mayor proyecto fiscal estadounidense desde el New Deal de Franklin D. Roosevelt. Pretende crear nuevos y atractivos puestos de trabajo en EE.UU. y mejorar las infraestructuras de movilidad, suministro de energía y agua y educación. Y, por supuesto, pretende fomentar la competitividad de EE.UU.

Para financiar el plan, el Gobierno quiere pedir más préstamos, subir el impuesto de sociedades del 21% al 28% (con el presidente Obama, el tipo impositivo de las empresas era del 35%) e introducir impuestos de incentivo medioambiental y un tipo impositivo mínimo global para las empresas. Ello afectaría a las empresas que generan grandes beneficios en el extranjero pero que prácticamente no pagan impuestos al fisco estadounidense.

El plan representa nada menos que una transformación fundamental de la economía estadounidense. La intención es reducir en gran medida la huella ecológica sentando las bases, por ejemplo, para que EE.UU. obtenga más del 80% de sus necesidades energéticas de fuentes renovables de aquí a 2035. Washington quiere asumir un papel de liderazgo en la política medioambiental global, una ambición a la que el mundo primero tendrá que acostumbrarse.

Burkhard Varnholt

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1 «Es lebe die Globalisierung» (Larga vida a la globalización), Gerald Hosp, NZZ del 8 de mayo de 2021.