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El virus pone a prueba a la sociedad

La crisis del coronavirus es fundamentalmente distinta de las crisis anteriores. No solo está planteando retos para la economía y la política, sino que está poniendo a prueba todo el sistema de valores de nuestra sociedad. Ha puesto ante nuestros ojos lo que ya no podemos ignorar.

27 de abril de 2021

Matthias Horx

Investigador de tendencias y futurólogo

Lo que más me sorprende de la crisis del coronavirus es que no haya puesto completamente de rodillas a la economía global. Que no hayamos experimentado una recesión prolongada, un desempleo masivo o un desplome de las bolsas. Lo que ha sucedido, en cambio, nos muestra lo anticuados que son nuestros modelos económicos tradicionales.  En medio de esta gran crisis, los mercados bursátiles están en alza. ¿Cómo es posible? Tal vez nuestros sistemas económicos sean mucho más complejos, flexibles y resistentes de lo que creemos.

El holismo como rasgo distintivo de la crisis del coronavirus

La crisis del coronavirus se diferencia de otras crisis por su holismo. Se diferencia de las grandes catástrofes, como las guerras mundiales o las catástrofes naturales, en que la sociedad, los individuos, la política y la economía han conservado en principio su capacidad de acción. Es una crisis de decisión («krísis» es la palabra griega antigua para «decisión»). Podemos decidir si llevamos o no mascarilla. Los políticos pueden decidir si imponen medidas estrictas o descartan todo el asunto como una tontería. Los directivos pueden aprovechar la oportunidad que ofrece la crisis para innovar y reorganizar. Podemos decidir si salimos a la calle y protestamos contra los «criminales de las salas de control». O podemos decidir simplemente esperar y refunfuñar hasta que finalmente «se acabe».

Amplia gama de amenazas

La crisis del coronavirus, a diferencia de las subcrisis como la bancaria o la de los refugiados, afecta a todos los ámbitos de nuestra existencia: nuestra vida privada, nuestras rutinas diarias, nuestra movilidad y nuestra vida familiar. Las organizaciones también se ven afectadas: desde la sanidad hasta las alcaldías, los medios de comunicación, la política y la economía.  Estos son los sistemas de valores que mantienen unida a nuestra sociedad. Y todo ello ha sido cuestionado, puesto en duda, puesto a prueba. Las crisis multidimensionales de este tipo rompen todo el tejido social. Las dimensiones individuales (o subáreas) se combinan para amplificar el efecto.

Diferentes repercusiones nacionales

Aunque la crisis del coronavirus es un fenómeno global, sus repercusiones han sido muy diferentes de un país y una cultura a otra. El virus está poniendo a prueba a nuestra sociedad; está poniendo a prueba la capacidad de respuesta y de recuperación de los países y las culturas y su capacidad de reaccionar ante retos imprevistos. Ello tiene que ver mucho menos con la capacidad tecnológica que con la coherencia social.

Los países que están saliendo mejor parados de la crisis son los que tienen una mentalidad colaboradora interna más desarrollada. Junto a China, que se ha beneficiado de los estrictos controles políticos que impone a sus ciudadanos, este grupo incluye principalmente a países más pequeños con un liderazgo político femenino o integracionista, como por ejemplo Nueva Zelanda, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Estonia e Islandia. En estas naciones, la segunda ola también se ha mitigado con relativo éxito sin que la economía sufriera ningún tipo de daño importante. El «modelo excepcional» de Suecia es especialmente interesante a este respecto porque, en ciertos aspectos, es el contramodelo de China, ya que fomenta la cooperación entre las personas y en la sociedad civil, y el consenso en lugar del control. En EE.UU. y Brasil, gobernados por populistas autocráticos, el coronavirus está, por el contrario, multiplicando las fuerzas centrífugas de la sociedad y llevando directamente a la catarsis social. En Italia, mientras tanto, los choques han forjado una nueva cohesión social. Si se viaja hoy día a Italia y se habla con los italianos, puede palparse su orgullo por cómo se han unido como nación.

"El virus está poniendo a prueba la capacidad de respuesta, la resistencia y la capacidad de reacción de los países y las culturas ante retos imprevistos. Esto tiene que ver mucho menos con la capacidad tecnológica que con la coherencia social."

Aceleración dela ‘glocalización’

En la economía, el COVID-19 también ha creado importantes contratendencias. Parece que la dicotomía entre «local» y «global» ha dado paso a la integración de lo local en lo global. El resultado ha venido en llamarse «glocalización». La producción global just-in-time, en la que se fabrican millones de piezas separadas y se envían por todo el mundo con una precisión perfecta para montar un coche en un país con salarios elevados, ha llegado a su fin. Hay razones no solo políticas, sino también sistémicas, que se han puesto de manifiesto durante la crisis del coronavirus. ¿Qué pasa si clases enteras de medicamentos dejan de suministrarse por producirse en una única fábrica en la India? ¿Y qué pasa con el cobalto, que (aún) necesitamos para los motores eléctricos?

La producción global se está descentralizando –y reconfigurando–, en el camino hacia un nuevo tipo de aprovisionamiento en el que las materias primas y las cadenas de suministro se vuelven más inteligentes. La externalización se está sustituyendo cada vez más por la internalización. La producción local está en auge, las redes se están localizando y la artesanía está experimentando un renacimiento. En este proceso, los países, las regiones y los continentes son cada vez más autosuficientes y autónomos, y las estructuras económicas más complejas. Todo ello también apoya la sostenibilidad y la próxima descarbonización, que requiere una reorientación de la división del trabajo y una nueva apreciación de lo local. Sin embargo, esta nueva slowbalization no pondrá fin a la globalización. Pero la pondrá sobre una base diferente. Hará que el proceso de producción industrial y el flujo global de bienes y personas sea un poco agitado. Este es quizás el mayor impacto de la crisis del coronavirus: ha frenado la aceleración excesiva de nuestro mundo.

Recuerdos duraderos

¿Cómo recordaremos la crisis de los coronavirus cuando miremos atrás dentro de unos años? El foco central, el verdadero núcleo de la crisis del COVID es la forma en que ha arrojado luz sobre el estado de la civilización humana. Ha puesto ante nuestros ojos lo que ya no podemos ignorar, es decir, estamos en una crisis de escalada que afecta a TODO: a los flujos de mercancías, de productos, de energía, a la economía monetaria, a la forma de consumir, a la forma de vivir y a la forma de relacionarnos. El principio de escalada también abarca los ámbitos de la información y las comunicaciones, de los afectos y las emociones, el universo vertiginoso de la atención y el estímulo que amenaza con llevarnos al límite de la realidad con su cultura del odio y sus teorías conspirativas. El COVID-19 nos ha enviado un cortés, pero firme recordatorio de que nuestras vidas siguen dependiendo de la naturaleza, de que no podemos realmente dejar atrás los reinos de los virus y las bacterias de los que procedemos (el 50% del ADN humano está formado por ADN de virus). A pesar de toda la tecnología que tenemos, seguimos siendo parte del mundo biológico y viviente. Somos y seguiremos siendo seres sociales que dependen unos de otros, a pesar de todos los (aparentes) triunfos de la tecnología.

Todo sigue igual, pero diferente

La crisis ha dejado al descubierto lo que ya sabíamos, o al menos sospechábamos: hemos alcanzado una frontera invisible, un punto de inflexión para la civilización. Las imágenes de los bosques californianos en llamas, las inundaciones y los corrimientos de tierra, nunca han tenido un impacto más intenso y dramático que en estos tiempos de coronavirus. El COVID-19 ha actuado como un espejo ustorio que ha concentrado nuestra atención en el verdadero reto que nos espera, la verdadera decisión que tenemos que tomar para nuestro futuro: la descarbonización de nuestra economía. No es prematuro hablar de un cambio semántico hacia la gran cuestión medioambiental y existencial de nuestro tiempo. Hoy en día apenas hay grandes empresas o entidades financieras que no enarbolen la bandera del ecologismo y la sostenibilidad.

La crisis del coronavirus ha consolidado las sobrecargas sensoriales, ha iluminado los recovecos más oscuros y ha hecho tangibles cosas que antes eran difusas. Exige aclaraciones: entre el individuo y la sociedad, y entre la economía y la naturaleza. Exige, sin lugar a dudas, que INTEGREMOS estas rupturas y contradicciones.

Después de todo, el «annus horribilis» de 2020, en retrospectiva, tal vez no resulte tan «horrible». También ha servido para perfeccionar nuestra experiencia en la gestión de situaciones y nos ha permitido vivir la vida con mayor intensidad. Nos ha proporcionado claridad. Mientras estemos en condiciones de aceptar esas experiencias, el futuro sigue siendo posible. Pero en cuanto nos neguemos a aceptarlas e insistamos en que todo, cueste lo que cueste, debe volver a ser como antes, habremos perdido nuestro futuro. Entonces, nos deslizaremos hacia un falso pasado en el que todo era supuestamente mejor, aunque la forma en que iban las cosas ya no era sostenible desde hacía mucho tiempo. ¿Cómo era el nombre de esa película suiza? «Alles bleibt anders» (todo sigue igual, pero diferente). Así que pongámonos en marcha.

Matthias Horx

 

En el nuevo número de Scope: If not now, when?

Sin embargo, con independencia de la pandemia, las oportunidades de inversión no han hecho más que crecer. La pregunta de «si no ahora, ¿cuándo?» expresa la mayor voluntad de repensar las cosas a un nivel fundamental. En este número de Scope exploramos los nuevos retos y oportunidades resultantes.